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Mi rutina para el cuidado de los pies tras la (obligada) consulta con el podólogo
Tratamientos

Mi rutina para el cuidado de los pies tras la (obligada) consulta con el podólogo

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Si os soy sincera, soy de las que piensa que nos olvidamos mucho del cuidado de los pies, que nos acordamos de ellos, sobre todo, cuando queremos ponernos sandalias o cuando duelen (obviamente), el resto del tiempo pues... ahí están. Igual te das un día una cremita, te pasas la piedra pómez si ves que tienes durezas y poco más. Al menos, es mi caso y, seguro, que a muchas os pasa.

Sin embargo, ahora os vengo a contar cuál es mi experiencia después de tener (por obligación) que preocuparme más por su cuidado y cuál es mi rutina actual, con la que he tenido una gran mejoría.

Los antecedentes...

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Toda historia tiene un principio, así que os contaré el mío. Soy de las que usa mucho los tacones, me chiflan y, por mi profesión, tengo que ir arreglada y sin tacones, pues no me veo. Además, mis tacones son altos y siempre finos ya que no me acabo de ver con los más gruesos.

Desde hace tiempo he venido teniendo callosidades en los dedos meñiques, así como durezas varias en las almohadillas de la planta (benditos tacones) y en los talones. Mi truco siempre había sido pasar la piedra pómez, la lima, o algún gadget chulo de los que hay ahora en el mercado, luego un poco de crema, y hasta la próxima.

Además, hay que añadir, que siempre he sufrido ampollas. Todos los veranos, los primeros días de sandalias eran un horror: me salían ampollas que sólo empeoraban en dedos, talones, planta... en todo el pie, y hasta que se convertían en callos, momento en el que ya no dolía, era un calvario. Sí, lo sé, sufrimientos innecesarios o como diría mi madre morir de glamour.

El caso es que hace cosa de un par de meses, mis dedos meñiques (sobre todo el del pie derecho) se plantó. Me dijo, hasta aquí hemos llegado. La callosidad que me salió empeoró, lo que hacía que me doliese a horrores, tanto que casi me costaba caminar.

En un primer momento, opté por ir a la farmacia a comprarme unas tiritas de esas especiales para callos, concretamente de los dedos meñiques. Claro, que dos días después cuando me la quité me quedé estupefacta al ver que tenía el dedo completamente blanco, con una pinta malísima, así que no me quedó más remedio que ir al podólogo (podóloga en mi caso).

La visita al podólogo...

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Como os podéis imaginar por lo que os he dicho, al podólogo llegué en tacones, lo que supuso la primera "bronca" ya que me recomendó que no los usase tan a menudo (después de decirme que no los usase y yo le dijeses que eso era inviable), que lo mejor son tacones anchos y no más altos de 3/4 cm. La alternativa podían ser las cuñas, pero que no fuesen muy altas tampoco. De hecho, me dijo que el zapato plano, plano, tipo francesitas, tampoco es bueno porque sufre la espalda mucho, además de los propios pies, hay que buscar siempre una altura media.

Seguidamente, cuando me vio el dedo completamente blanquecino, sabía que había usado una tirita de esas, lo cual, para las personas que tenemos callo en condiciones, no solo no nos los quita, sino que nos quema la piel, únicamente se puede recomendar (que tampoco aunque tampoco la vi muy convencida) para gente que tiene callos muy pequeños y poco arraigados. Vamos, que lo hice estupendo y no se me ocurre hacerlo más.

A continuación me hizo la pregunta del millón: ¿utilizas piedra pómez o lima? A lo que yo, muy orgullosa pensando que diría que me cuido, dije que sí. Ella sabía la respuesta, me estaba poniendo a prueba y cuando me oyó decir que sí, que en la ducha la mayor parte de los días me la paso cuando noto durezas, me dijo que es un craso error. De hecho, me lo prohibió. La razón es sencilla, y hasta parece lógica si la piensas, cuanto más nos pasamos esos utensilios, más estamos estimulando la piel y esta produce más dureza ante el rozamiento que estamos produciendo, para tapar lo anterior, lo cual es totalmente contraproducente y acabamos con los pies fatal, cada vez con más durezas.

También me prohibió los famosos baños de sal con agua tibia que podéis oír mucho que son estupendos. El caso es que la sal reseca la piel muchísimo, así que descartado también.

Mi diagnóstico fue, además de unos callos terribles en los dedos meñiques que me tuvo que quitar hurgando con bisturí (qué dolor), tengo todas las papeletas para poder sufrir juanetes dentro de bastantes años (eso me viene de familia, así que tampoco me extraña), y alguna que otra dolencia relacionadas con la pisada que comenzaremos a achacar una vez pase el verano con una plantilla. Y eso que a simple vista tengo unos pies estupendos, de verdad, una se queda de piedra.

Las soluciones y mi gran experiencia

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Después de todo lo leído, podéis pensar que lo mío ya era para perder los pies (figuradamente hablando). Pues no. Mi tratamiento simplemente ha pasado por una rutina de lo más sencilla que, os aseguro, me ha cambiado la vida:

  • Lavado a fondo de los pies: Lo primero que me dijo es que, por las mañanas en la ducha, en lugar de lavarme los pies con el gel habitual, lo hiciese con una pastilla de jabón. Parece ser que las pastillas arrastran mejor la suciedad y hace que queden más limpios. Los geles al tener agentes hidratantes y demás, no los deja tan limpios, vamos como pasa con las manos. Así, que me hice con una pastilla de jabón bastante neutra y me lavo cada mañana con ella los pies.
  • Un buen secado: Nos os negaré que, normalmente, con las prisas, salgo de la ducha, me seco por encima, y mientras me voy peinando y maquillando, me acabo de secar un poco "al aire". Pues bien, la indicación fue muy clara: hay que secar a fondo los pies cuando salimos de la ducha, perder un par de minutos secando bien la planta, entre los dedos y demás para eliminar toda la humedad. Es lógico y una forma de prevenir que esa humedad pase a los zapatos y acabemos todo el día con los pies húmedos, lo que unido al propio sudor, al final las callosidades se reblandecen y vuelta a empezar (si no deriva en hongos, claro).
  • Una buena hidratación: Sí, simplemente me tengo que echar una crema todas las noches antes de dormir, masajeando bien sobre todo las zonas con durezas, y listo. De hecho, me recomendó que la crema la usase sólo por la noche, no por el día, ya que el efecto podría ser el mismo que con la humedad que antes os comentaba. Las excepciones que me dio fue en casos de extremo calor, en que el asfalto está muy caliente y los pies se resecan más, por lo que en esas situaciones, me podría echar un poco de cremita.
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Las cremas que uso son las de ISDIN, por recomendación de la podóloga. Los primeros días usé Ureadin Podos en su versión Gel. Se trata de una crema que repara las grietas de sequedad gracias a la alantoína, el pantenol y la manteca de karité. Elimina asperezas, rugosidades y engrosamientos moderados por la acción exfoliante del ácido láctico y el bacillus ferment. Hidrata intensamente gracias a la Urea ISDIN, que retiene el agua aportando un nivel óptimo de hidratación, siendo de textura Gel Oil ligera y no grasa de rápida absorción.

Ureadin Lotion 1000 Ml Con Dosificador

La otra que he usado, después de la anterior, es la Ureadin 10 Lotion Hidratación intensa para pieles secas. Sí, curioso, pero cierto, realmente la más recomendable es ésta, una loción corporal que retiene el agua y restablece los niveles óptimos de hidratación, estimulando la renovación de la piel, ayudando a aliviar la sensación de tirantez, con una textura loción ligera y no grasa de rápida absorción.

La primera crema, me ha durado el bote cerca más de 20 días (me costó unos 11/12 €, no recuerdo exactamente), casi rozando el mes y el cambio ya ha sido asombroso. El segundo me costó unos 19 € y he empezado hace pocos días a usarlo, pero no puedo estar más contenta.

No he vuelto a usar la piedra pómez y mis pies están bastante mejor, se están recuperando poco a poco y las durezas van desapareciendo día a día. Cierto que tengo días (como estos que hace muchísimo calor) en los que se me resecan más, por eso aprovecho y me unto un poco de crema durante el día en los talones. Esos sí, si algo me ha sorprendido en exceso es que no he vuelto a tener una rozadura, no me ha salido ni una triste ampolla y solo por eso tengo que estar eternamente agradecida a mi podóloga.

Ahora tengo los pies más suaves, la piel mucho más elástica y bonita. Además los callos los estoy manteniendo bastante a raya (cierto que no me pongo zapatos de tacón porque ya he pasado a la sandalia). Hay que ver lo que hace una buena hidratación y limpieza, muchas veces nos empeñamos en darnos cosas y más cosas, tratamientos y demás, cuando todo es mucho más fácil que todo eso.

Sinceramente, os aconsejo seguir los consejos de mi podóloga, el cambio se nota.

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